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¿Cómo podemos transmitir la cultura del esfuerzo?

A día de hoy, nos resulta algo evidente que el esfuerzo es un factor muy importante a la hora de conseguir ciertos logros, casi indispensable en muchos de ellos. Sin embargo, a lo largo de la historia, el valor que ha tenido el esfuerzo en cada tipo de sociedad ha ido fluctuando, adquiriendo mayor o menor importancia en función de las características de su estructura social. De este modo, cuanta menor rigidez encontramos en la estratificación social del sistema, mayor relevancia cobra el esfuerzo.

Pedagogía de la contrariedad: la cultura del esfuerzo

Sin duda, un hecho histórico que marcó el inicio de esta mentalidad, en su momento innovadora, fue la Revolución Francesa. A partir de esta, se propuso que los cargos públicos dejasen de heredarse, empleando como única vara de medir los logros que cada persona tuviese individualmente para ocupar dicho puesto.

Una vez asumido que la posición social de las personas dependería directamente del mérito de ellas, hay que definir qué se considera un mérito y qué no lo es. Acerca de esto, Gregorio Luri (2013), concluye que el mérito tiene que estar asociado al trabajo y, por lo tanto, al esfuerzo. Además, esta acción ha de ser noble y honrada, ya que no sería justo basarnos únicamente en el resultado obtenidos sin distinguir entre aquel que ha conseguido el objetivo mediante sus propios medios, con su dedicación y esfuerzo, y el que lo ha hecho empleando otros caminos menos honestos.

A raíz de la creciente importancia del esfuerzo y la necesidad de formalizarlo como un aspecto cada vez más imprescindible en nuestra sociedad (al suponer un salto entre la media y destacar sobre ella), debemos plantearnos cómo conseguir inculcárselo a las nuevas generaciones. Este debate no tiene una fácil solución, ya que desde distintos focos, como los medios de comunicación y las propias instituciones, el modelo de vida que se difunde es aquel basado en la persecución de todo lo que nos ahorra esfuerzo, relacionando la felicidad con placeres inmediatos, a pesar de que a la larga estos traigan de la mano la pereza o el egoísmo y, en el caso más extremo, el fracaso. Francesc Torralba (2011) trata este tema en su artículo “Los tres grandes obstáculos para una cultura del esfuerzo”. Según él, estos tres grandes obstáculos son los siguientes:

  1. El paternalismo: argumenta una evidente contradicción en la que los padres, pese a querer que sus hijos se esfuercen y resuelvan ciertas situaciones, acuden y lo hacen por ellos cuando ven que su hijo no consigue el objetivo.
  2. Los modelos de niños y adolescentes que ven proyectados en la televisión y redes sociales: estos medios de comunicación difunden una cara de la situación y solo muestran la parte agradable de ella, pero no expone el esfuerzo que ha supuesto para esas personas llegar a la posición donde se encuentran.
  3. El mito de “todo el mundo puede hacerlo todo si se esfuerza”: Francesc Torralba la considera una idea ingenua por la cual se le transmite a los jóvenes un mensaje erróneo. En su opinión, la línea del mensaje debería ir más encaminado a que conozcan bien sus propias capacidades y entiendan hasta dónde pueden llegar desarrollando correctamente esas aptitudes.

Como solución a estas adversidades, nace la llamada “pedagogía de la contrariedad”. Esta defiende la necesidad de que los hijos se encuentren con adversidades a lo largo de su educación y que se esfuercen en solucionarlas por sí mismos o, de lo contrario, cuando no tengan quien lo haga por ellos, no sabrán actuar y nunca aprenderán a superar los obstáculos que se les planteen. Además, añade la importancia de que este aprendizaje sea gradual, de modo que tenga que enfrentarse a cuestiones más simples y, a partir de ese punto, ir subiendo la dificultad, de modo que el aprendizaje se produzca como un proceso natural. También se debe perseguir la consecución de los denominados “frutos profundos”, entendidos como aquellas recompensas obtenidas tras un profundo esfuerzo y que no ha sido sencillo de conseguir. Estas traerán consigo un valor añadido que, además, participará en la formación de su personalidad. Así, cada vez que a ese joven se le plantee un problema, lo afrontará y tratará de solucionarlo.

Por Alejandro Serrano Fernández

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