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Vivir un Maratón (en primera persona)

En esta entrada del blog voy a aprovechar para hablar de una experiencia personal, la aventura de correr un maratón. Creo que lo único relevante que hace falta saber de mí para esta historia es que tengo 22 años y que soy diabético desde que tengo 10. También soy deportista desde pequeño, pero sólo en los últimos años de mi vida he participado en carreras de larga distancia como esta. La verdad es que no es nada fácil describir con palabras lo que se vive en una carrera así, pero espero que mi relato se ajuste lo más posible a la realidad y le permita al lector imaginarse algo parecido a lo que viví yo a nivel físico y, sobre todo, a nivel mental.

El Maratón, una experiencia vital

El primer maratón lo corrí con 19 años, y el segundo justo un año después. Aunque hubo una diferencia temporal muy pequeña entre las dos carreras, mi experiencia fue radicalmente distinta. Me gustaría centrarme más en el segundo maratón, pues es el que mejor corrí de los dos, pero la experiencia completa de los dos maratones ilustra mucho mejor todo lo que viví.

Mi primer maratón: el miedo

Para el primer maratón, la palabra que mejor describe mi ánimo y mi mentalidad en los entrenamientos y durante la carrera era “miedo”. Me preocupaba mucho mi salud, pues la diabetes hace este tipo de pruebas físicas más complicadas de lo que ya lo son, y entrenar con miedo te hace correr con un lastre tan grande como tus preocupaciones. Empecé a entrenar unos 5 meses antes de la carrera. Intentaba salir a correr 3 días a la semana, e iba poco a poco aumentando la distancia que recorría cada día. Mi objetivo era llegar a correr media maratón sin ninguna dificultad un mes antes de la prueba, pensando ingenuamente que eso era suficiente como para correr sin mucho sufrimiento el día de la carrera.

Para el que no lo sepa, el deporte influye muchísimo en los niveles de azúcar; y si eres diabético tienes que tener mucho cuidado de que no bajen mucho esos niveles, o te puedes desmayar. Antes de los entrenamientos procuraba estar siempre con un nivel lo suficientemente alto como para aguantar todo el entrenamiento (ya fuese de 10 km o de 20km) sin tener que tomar nada. Detestaba tener que parar a comer algo (un gel o una barrita energética) en mitad del entrenamiento. En mi cabeza había una voz de alarma que me apremiaba a seguir corriendo sin parar y sin descansar, pues sabía que el maratón es una prueba durísima y pensaba que parar a reponer fuerzas no era el entrenamiento adecuado para una carrera así. Nunca me preocupé por el tiempo que tardaba en correr durante los entrenamientos, no llevaba reloj. Era lo único que no me preocupaba, pues sabía que si mantenía un ritmo adecuado podía acabar sin problema la prueba. Para mí era una cuestión de resistencia, de aguantar; no de hacer tiempo. El problema, claro está, es que, si no entrenas lo suficiente, da igual lo fuerte que creas que son tus piernas. Ya se encargarán ellas de decirte dónde está su límite.

La semana de antes de la carrera era capaz de correr 20km aproximadamente sin ninguna molestia y sin apenas fatigarme. Las veces que había intentado superar esa distancia había sido incapaz (el día que no me empezaba a doler algo, no tenía suficiente tiempo para entrenar o me daba una hipoglucemia y tenía que parar). Estaba tan acojonado con la carrera, que pensé que si estaba la semana de antes sin correr absolutamente nada tendría un rendimiento mucho mayor en la carrera, que llegaría “lleno de energía”. Bueno, pues nada más lejos de la realidad. Toda esa semana tuve unos niveles de glucemia en sangre malísimos por la falta repentina de ejercicio, lo que hizo que llegase a la carrera con el cuerpo bastante machacado. Además de eso, era obvio (aunque no para mí por aquel entonces) que no había entrenado lo suficiente. Y sí, también estaba muy asustado. Todos esos factores hicieron que en el km 15 empezase a tener molestias, y a partir de ahí la carrera fue un auténtico desastre. Pude aguantar corriendo sin parar hasta la mitad (tardé 2 horas, un buen tiempo), pero a partir de ahí empezó una auténtica odisea. Tuve que pararme muchas veces a comprobar los niveles de azúcar, que estaban alteradísimos (parecía una montaña rusa); y el resto de la carrera estuve alternando entre correr y andar para poder llegar a la meta. En total, tardé 5 horas en acabar, y las agujetas de esa semana no se me van a olvidar nunca. Estaba destrozado, y tenía una mezcla muy rara de sentimientos: estaba orgulloso por haberlo conseguido, pero me sentía muy tonto por haber entrenado tan mal y haber llevado tan mal la enfermedad con esa carrera.

Mi segundo maratón: el respeto

Un mes después aproximadamente salieron las inscripciones para la carrera del próximo año. Aunque no me apetecía nada en ese momento y sólo me venía a la cabeza todo el sufrimiento por el que había pasado para llegar a acabar, decidí apuntarme y hacer las cosas bien esta vez.

Ahora que ya sabía a lo que me enfrentaba, el entrenamiento me lo tomé mucho más en serio. Salía regularmente a entrenar tres días a la semana, y me programé los entrenamientos para poder llegar a correr 30 km en una sesión un mes antes de la carrera. Tuve que hacer un esfuerzo gigantesco por ser constante en los entrenamientos. Ya no era sólo el esfuerzo físico en sí mismo, sino todas las cosas que me perdía mientras entrenaba y las que venían después. Gran parte de mi ocio, de mi vida familiar y de mis responsabilidades académicas se vieron alteradas por el entrenamiento. Tenía que sacar tiempo como fuera durante mi rutina semanal para poder irme una, dos o incluso tres horas a correr. Y cuando llegaba a casa y me daba una buena ducha, tampoco me quedaban muchas energías para hacer más cosas. Salir a la calle cuesta un poco más con lo cansadas que tienes las piernas, ponerte a estudiar es difícil por lo mucho que te cuesta concentrarte… Pero con todos esos sacrificios, poco a poco se iba acercando la fecha del segundo maratón, y ya no era miedo lo que sentía. Ahora era un respeto profundo por la carrera, y también por mí mismo. Si quería acabar la carrera bien, tenía que entrenar duro para no desfallecer. En todos los entrenamientos tenía muy presente a lo que me enfrentaba. Mi objetivo principal era llegar a la meta de una pieza, era lo que necesitaba para ganarme mi propio respeto, y sabía que solo lo lograría a base de sufrimiento y constancia en los entrenamientos, dando un poco más de mí mismo cada día.

El día de la carrera estaba tremendamente mentalizado y preparado para hacerlo bien. Fui todo el rato a mi ritmo, algo difícil en los primeros kilómetros con todo el mundo animando y la euforia que te contagian los corredores. Me cuidé mucho para mantener unos niveles de glucemia adecuados, y finalmente acabé la carrera en 4 horas a muy buen ritmo y con la sensación de que podía haber corrido más si lo hubiera deseado.

El entrenamiento mental, clave en el rendimiento

Después de esta experiencia, descubrí que la mentalidad en el deporte es fundamental no sólo en el momento de la carrera o de la competición, sino que también lo es en los entrenamientos. Enfrentarte con miedo a algo hace que estés en desventaja antes de empezar, y es muy importante saber encontrar el equilibrio entre autoexigirte más a la vez que te cuidas a ti mismo para poder rendir al máximo.

Con el maratón, al final, todo se reduce a dos opciones: o entrenas sufriendo para poder correr el maratón disfrutando, o entrenas sin esforzarte lo suficiente para acabar sufriendo mucho en la carrera.

Por Jorge Núñez

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