A lo largo de nuestra experiencia como psicólogos, hemos comprobado que uno de los mayores anhelos de las personas que acuden a consulta no es simplemente ser escuchadas, sino ser realmente comprendidas. No hablamos solo de una comprensión lógica, que intenta encajar las piezas del relato como si se tratara de un problema matemático. Nos referimos a una comprensión profunda, emocional, humana: la comprensión empática.
Esta necesidad de ser comprendidos emocionalmente no es un capricho. Todos, en algún momento de nuestra vida, hemos sentido la frustración de contar algo importante y notar que el otro no está “ahí con nosotros”. Quizás nos devuelven frases racionales, consejos bienintencionados, interpretaciones incluso certeras… pero no sentimos que conecten con lo que nos duele. Y es ahí donde empieza a faltar algo esencial: esa mirada que no juzga, ese silencio que acoge, esa presencia que siente con nosotros. Eso es la comprensión empática.
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¿Qué es la comprensión empática?
La comprensión empática es la capacidad de sintonizar con el mundo interno de otra persona, de acercarse con respeto y sensibilidad a lo que está viviendo, no desde fuera, sino desde dentro. Es un tipo de comprensión que va más allá de las palabras: se manifiesta en la actitud, el tono, los gestos, la manera en la que acompañamos a alguien en su dolor, en su miedo, en su esperanza.
Como psicólogos, sabemos que esto no siempre es fácil. Implica suspender nuestros juicios, no imponer nuestras interpretaciones, dejar de lado por un momento el afán de “solucionar” para simplemente estar. Implica escuchar de verdad, con todos los sentidos puestos en la persona, abiertos a lo que trae, aunque sea incómodo, contradictorio o difícil de entender desde nuestra lógica.
La comprensión empática no se trata de sentir lástima, ni de fusionarnos emocionalmente con el otro, sino de ponernos en su lugar con respeto y autenticidad. Es una forma de validación emocional que dice, sin palabras: “lo que sientes tiene sentido”, “no estás solo”, “yo también estoy aquí contigo”.
Por qué la comprensión empática es esencial en terapia
Uno de los mayores errores que podemos cometer en terapia (y también en la vida) es creer que basta con entender lo que le pasa a alguien desde la lógica. Claro que la claridad cognitiva es importante: necesitamos comprender los hechos, las circunstancias, los esquemas de pensamiento. Pero si no acompañamos ese entendimiento de una verdadera conexión emocional, algo esencial se pierde por el camino.
Muchos pacientes nos lo han dicho con distintas palabras, y el mensaje es siempre el mismo: «Lo que más me ayudó fue sentir que me entendíais, que podíais sentir algo de lo que yo sentía». En esos momentos, la alianza terapéutica se fortalece y se convierte en un espacio seguro donde la persona puede empezar a soltar sus defensas, mostrarse tal cual es y comenzar un proceso de transformación genuina.
Desde nuestra perspectiva, una intervención sin comprensión empática corre el riesgo de convertirse en una técnica vacía. Puede sonar bien, puede ser técnicamente correcta, pero si la persona no se siente comprendida, difícilmente confiará o se abrirá plenamente. La comprensión empática es el terreno fértil sobre el que crece el cambio terapéutico.
¿Cómo se siente un paciente cuando es comprendido empáticamente?
Cuando una persona se siente comprendida de verdad, algo cambia en su interior. Se relaja, respira más profundo, se siente menos sola. Siente que lo que está viviendo tiene sentido, que no está exagerando, que no es “demasiado” o “poco” emocional, que sus reacciones tienen un lugar y una lógica interna.
Muchos pacientes nos han descrito esa sensación como “un alivio”, como si por fin pudieran bajar una carga que llevaban mucho tiempo cargando en silencio. Otros dicen que es la primera vez que alguien de verdad los escucha, sin interrumpir, sin corregir, sin querer llevarlos a otro sitio. Es como si, por un momento, pudieran mirar su propio mundo desde una nueva perspectiva: la de alguien que les acompaña sin intentar cambiarlos.
Esa experiencia tiene un poder terapéutico enorme. Es sanadora en sí misma. Porque valida, acoge y fortalece. Porque le devuelve a la persona la dignidad de su experiencia. Y porque abre la puerta a un trabajo más profundo, más comprometido y más transformador.
La comprensión empática no es algo que se pueda fingir
Uno de los mayores desafíos (y también de los mayores aprendizajes) que nos ha traído nuestra labor como psicólogos es entender que la comprensión empática no se puede impostar. No se trata de decir frases como “entiendo cómo te sientes” si no hay una verdadera conexión emocional detrás. Las personas perciben cuando estamos realmente presentes y cuando no. Perciben cuándo sentimos con ellas y cuándo solo intentamos que lo parezca.
Por eso, cultivar la comprensión empática requiere un trabajo personal constante. No basta con estudiar técnicas o modelos teóricos. Requiere mirar también hacia dentro: confrontar nuestros propios juicios, revisar nuestras heridas, aprender a estar en silencio, tolerar la incertidumbre, abrirnos al dolor ajeno sin cerrarnos por miedo o por cansancio.
La empatía no es un recurso más en el repertorio del terapeuta: es una forma de ser. Y cuando logramos que esté presente en nuestras sesiones, se convierte en un puente poderosísimo entre dos personas que, desde lugares distintos, comparten algo profundamente humano: el deseo de ser vistos y comprendidos.
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Los obstáculos a la comprensión empática
Ser empáticos no siempre es fácil. A veces, las historias que escuchamos nos confrontan con nuestras propias heridas. Otras veces, sentimos el impulso de corregir, de dar soluciones rápidas, de “arreglar” el malestar del otro porque no podemos sostenerlo. También puede pasar que, sin quererlo, emitamos juicios o que interpretemos desde nuestros marcos mentales sin validar primero el marco de la otra persona.
Otros obstáculos vienen del propio contexto social y profesional: el tiempo limitado, la presión por obtener resultados, las expectativas que pesan sobre el rol del psicólogo. En medio de todo esto, puede ser tentador caer en una práctica automática, protocolizada, en la que la comprensión empática queda relegada a un segundo plano.
Sin embargo, cuando logramos parar, reconectar con la persona que tenemos delante y recordar que nuestro trabajo no es arreglarla, sino acompañarla, la comprensión empática vuelve a encontrar su lugar. Y cuando lo hace, lo transforma todo.
Cómo cultivamos la comprensión empática en nuestra práctica
En nuestra experiencia clínica, tratamos de hacer de la comprensión empática el eje central de cada proceso terapéutico. Esto implica, entre otras cosas:
- Escuchar activamente: más allá de las palabras, atender también al tono, al lenguaje corporal, a los silencios, a las emociones implícitas. A veces, una mirada o una pausa dicen más que un discurso entero.
- Reflejar emociones: cuando le decimos a una persona “parece que esto te dolió mucho”, o “imagino que te sentiste solo en ese momento”, no estamos interpretando, estamos reconociendo lo que está sintiendo. Ese acto de reconocimiento es profundamente sanador.
- Evitar los juicios: incluso si algo nos sorprende, nos cuesta o nos desconcierta, intentamos mantener una actitud de apertura y respeto. Cada historia tiene su lógica interna, y cada persona su forma particular de enfrentarla.
- Regular nuestras propias emociones: para poder estar disponibles emocionalmente para el otro, necesitamos también cuidarnos a nosotros mismos. La supervisión, el autocuidado y el trabajo personal son esenciales para sostener la empatía sin agotarnos.
- Estar presentes de verdad: no solo con la mente, sino con el cuerpo, con la mirada, con el corazón. La presencia plena transmite un mensaje claro: “estoy aquí contigo”.
Comprensión empática fuera del espacio terapéutico
La comprensión empática no es exclusiva del ámbito clínico. Todos podemos cultivarla en nuestras relaciones cotidianas: con nuestras parejas, nuestros hijos, nuestros amigos, nuestros compañeros de trabajo. En un mundo cada vez más acelerado y lleno de ruido, la capacidad de parar y conectar emocionalmente con el otro es un acto casi revolucionario.
¿Cuántas veces escuchamos a alguien solo para responderle, en lugar de para entenderle? ¿Cuántas veces damos consejos sin que nos los pidan, o minimizamos lo que siente el otro porque “no es para tanto”? Todos lo hemos hecho alguna vez. Pero todos, también, tenemos la posibilidad de hacer algo distinto: mirar al otro con auténtico interés, escuchar con todo el cuerpo, decir con nuestra actitud “estoy contigo”.
Cuando practicamos la comprensión empática, contribuimos a crear vínculos más sólidos, más auténticos, más humanos. Y eso tiene un impacto directo en la salud emocional de quienes nos rodean… y en la nuestra también.
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Comprender empáticamente es sanar
La comprensión empática no es un lujo, ni una técnica decorativa. Es una necesidad fundamental del ser humano. En nuestra labor como psicólogos, vemos a diario cómo transforma vidas, cómo abre puertas, cómo suaviza heridas.
Cuando una persona siente que su experiencia es vista y validada, cuando siente que puede ser quien es sin ser juzgada, cuando nota que alguien se atreve a sentir con ella… entonces empieza a florecer algo nuevo. A veces es una lágrima. A veces es un suspiro. A veces es una sonrisa que llevaba tiempo escondida. Pero siempre, siempre, es un paso hacia la sanación.
Cultivar la comprensión empática no es fácil. Requiere presencia, humildad, sensibilidad y coraje. Pero es, sin duda, uno de los regalos más valiosos que podemos ofrecer desde nuestra profesión… y también desde nuestra humanidad.
Porque a veces, más que ser entendidos, lo que más necesitamos… es ser sentidos.
Por UPAD Psicología y Coaching

