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Psicología Educativa: castigos, ¿si o no?

Educar es una tarea compleja en la que participan profesores, entrenadores, padres y otros familiares y figuras de referencia. En el proceso educativo, se comparten la responsabilidad de transmitir una serie de valores, hábitos y conductas al niño, como forma de fomentar su adecuado desarrollo, lo cual conduce en algunas ocasiones a discrepancias en cuanto a la manera de educar a nuestros hijos.

Los principios del castigo educativo

En estas discrepancias, las estrategias que utilizamos para modificar la conducta de los niños y eventualmente, para disciplinarles, tienen un importante papel y, en ocasiones, como en el caso del castigo físico, este papel es controvertido.

Los psicólogos educativos han estudiado extensamente el papel de la disciplina y el castigo en la educación de los niños, y como los diferentes estilos de disciplina influyen en su desarrollo; estas cuestiones han llamado la atención de otras disciplinas, ya que, aunque los castigos de los adultos sean aparentemente muy distintos a aquellos que aplicamos a los niños, los fundamentos que justifican su uso para modificar la conducta de las personas son muy similares.

El castigo se utiliza para eliminar una conducta indeseada y para ello, podemos modificar las consecuencias que la emisión de dicha conducta acarrea al sujeto. Desde este punto de vista podemos diferenciar entre dos tipos de castigos: los positivos y los negativos.

Castigo positivo (+)

Está orientado a ayudar a la persona a deshacerse de una conducta indeseada, para ello, se aplica una consecuencia desagradable inmediatamente después de que el sujeto realice dicha conducta; por ejemplo, si queremos evitar que un niño se chupe el dedo, podemos aplicarle un producto con un sabor ligeramente desagradable en ese dedo, de forma que cada vez que realice la conducta de chuparse el dedo, le resulte desagradable. Mediante esta técnica la conducta desaparecerá rápidamente.

Castigo negativo (-)

En este caso la extinción de la conducta se produce porque la emisión de ésta conlleva la desaparición de las consecuencias agradables y deseadas que anteriormente producía. Un ejemplo de esta técnica es el denominado tiempo fuera, el cual consiste en que la realización de una conducta conlleva la pérdida de la posibilidad de acceder a un privilegio; por ejemplo, dejar la habitación desordenada, conlleva estar una hora sin poder ver la televisión.

Limitaciones y críticas del castigo

En primer lugar, debemos considerar la especificidad de ambas técnicas, en qué medida el uso de una de ellas para la erradicación de una determinada conducta puede acabar alterando otras conductas que no tratábamos de suprimir.

En segundo lugar, la aplicación de castigos puede traducirse en una evitación de la persona que administra los castigos, más que en un aprendizaje de que conductas deben dejar de emitirse. Esto puede acabar conduciendo a que el único efecto del castigo sea evitarlo en sí mismo y no, tal como pretende, modificando la conducta indeseada.

En tercer lugar, la consecuencia desagradable que se aplica o la consecuencia agradable que se retira deben ser percibidas claramente por quien recibe el castigo; debe entender que es consecuencia directa de sus acciones y en ocasiones, existen circunstancias temporales o espaciales (por ejemplo, que el castigo no se pueda aplicar inmediatamente), que dificultan la comprensión del porqué del castigo. A estas consideraciones debe añadirse que los castigos tienen que estar graduados en función de la edad y desarrollo cognitivo del niño.

Castigo físico o uso de la violencia

Es un caso particular de castigo por el uso de violencia que implica. A pesar de que constituye una consecuencia clara y desagradable en respuesta a una conducta indeseada (y, por tanto, sería una buena forma de castigo positivo), el castigo físico, especialmente cuando se aplica por las personas más significativas para un niño, le proporcionan un modelo violento, es decir, le enseñan a usar la violencia y le envían el mensaje de que en ocasiones la violencia está justificada. Esta justificación de la violencia conduce a la justificación de otras violencias e introduce el castigo físico como un elemento más de su repertorio de conductas.

Cuando un niño expuesto a violencia busque controlar la conducta de los demás, es más probable que lo haga de forma violenta, ya que, para él, es una forma válida de hacerlo. Esta forma de actuar conduce a mayores niveles de rechazo entre sus compañeros y a que se le evite, ya que él se habrá convertido en un nuevo administrador de castigos, mediante los que trata de controlar la conducta de los demás.

Esta evitación puede conducir a menores oportunidades de desarrollar competencias sociales, de relación, que le sirvan para aprender a tratar con las personas, comprenderlas y establecer amistades y relaciones íntimas y profundas.

Alternativas más beneficiosas para educar

Por ello, reviste especial importancia la prevención de todo tipo de violencias y la búsqueda de formas alternativas de educación frente al castigo físico, algunas de ellas son: ignorar las conductas indeseadas y reforzar inmediatamente las deseadas, ofrecer modelos que actúen apropiadamente, tiempo fuera de refuerzo positivo (la emisión de una conducta inadecuada, conlleva la pérdida de una consecuencia deseada), el moldeamiento (premiar las progresivas aproximaciones a la conducta que queremos que realice), la sobrecorrección restitutiva (después de emitir la conducta, el niño debe dejar las cosas como antes) o la sobrecorrección repetitiva (tras la conducta indeseada, el niño debe hacer una conducta alternativa y positiva).

En conclusión, la modificación de conductas indeseadas puede realizarse mediante diversas estrategias, aunque el castigo físico sea aparentemente rápido y efectivo, debemos ser conscientes de sus limitaciones y consecuencias, y servirnos de herramientas alternativas que nos permitan una educación integral y respetuosa con la dignidad de nuestros hijos.

Por Ander Aparicio.

@AnderApr

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